“Trianeros en Triana quedan muy pocos”

Trianeros en Triana quedan muy pocos”

 

Durante la década de los sesenta, Sevilla sufrió una gran presión inmobiliaria que se tradujo en la destrucción y progresiva reconstrucción de determinados barrios. Triana fue el más afectado por esta situación, pues casi toda su población fue expulsada hacia los nuevos barrios periféricos

Un niño se abraza a la falda de una mujer. En segundo plano se ve a otra mujer, sentada en una silla

Los corrales de vecinos de Triana desaparecieron en los años sesenta y setenta

José Granero | En los años sesenta del siglo XX, la población de Triana era gente popular, la clase trabajadora. Eran personas con muy pocos recursos que seguían manteniendo las señas de identidad tradicionales del barrio, forjadas por siglos de separación del resto de la ciudad, a la que sólo se unía por un puente de barcas sustituido por el actual a mediados del siglo XIX. Prácticamente todas las viviendas eran casas de vecinos o corrales, de los cuales apenas quedan unos treinta actualmente. Su destrucción se debió a la especulación inmobiliaria de unos pocos en connivencia con el régimen franquista.

En 1967, Amparo Guzmán tenía 13 años y vivía en la calle Pagés del Corro, número 118. Era una casa de vecinos donde vivían seis familias. Según sus palabras, “la casa se mantuvo siempre en perfectas condiciones, pero llegado un momento, el propietario no quiso reparar nada más porque lo que quería era vender el terreno. Así se llevaron algunos años. Era la pretensión que tenían todos los propietarios en Triana, que los vecinos se fueran. Venían del Ayuntamiento, lo declaraban en ruinas y te daban un plazo para que te marcharas”. Con esta estrategia conseguían declarar la casa en ruinas y vender el terreno a una constructora, que tiraba las viviendas para construir pisos.

La intención era echar las casas abajo, construir casas nuevas y que los señoritos de Sevilla se fueran a vivir a Triana

La situación de esta calle fue especialmente agresiva, pues en ella vivían multitud de familias gitanas, muchas de las cuales se dedicaban tradicionalmente a la herrería. Durante los sesenta y los setenta fueron expulsados a guetos como Las 3000 Viviendas o Los Pajaritos. Hermegildo Lozano, gobernador civil de Sevilla y miembro del Opus Dei fue uno de los artífices de la destrucción del barrio de Triana y también de la expulsión de los gitanos.

Amparo Guzmán junto a su padre en Triana

Amparo Guzmán junto a su padre en el patio de la casa de vecinos

La declaración de ruina era en la mayoría de las ocasiones dudosa, pues como cuenta Amparo, “la casa no estaba para declararse en ruinas. No se había caído nunca un techo, no había grietas… El único deterioro que podía tener era el patio, que era enorme, que fue acumulando desconchones de no arreglarlos.” Cuando el propietario de la casa dejaba de arreglar los desperfectos, los vecinos ya sabían que “estaba apalabrado con la constructora”. El negocio era redondo para todos excepto para los vecinos, que eran gente humilde y de pocos recursos y tenían la casa en alquiler de toda la vida. El propietario ganaba mucho dinero porque la constructora se lo pagaba. La constructora, a su vez, construía un bloque de pisos que podía vender a familias más pudientes de otras zonas de la ciudad. Y por último, el Ayuntamiento y el Gobierno franquista tenían a miles de personas en la calle a las que venderles los pisos y casas que estaban construyendo en los nuevos barrios de la ciudad, como el Polígono de San Pablo, Rochelambert o Juan XXIII.

Tras el aviso llegaba el desahucio: “te ponían los muebles en la calle y te metían en un refugio, como se llamaba entonces”. Estos refugios consistían en el mejor de los casos en casas prefabricadas en medio del campo, como el caso de Los Merinales, que se encontraba pasando Bellavista. La casa prefabricada consistía en dos habitaciones pequeñas, separadas por una lámina, en las cuales se tenía que hacinar la familia. Los baños y los lavaderos eran comunes y se encontraban en el exterior. No había nada salvo un colegio para los niños. Cuenta Amparo que “iba un camión a llevar el pan y otro a vender fruta”, porque estaban en medio del campo. Otras personas fueron llevadas al antiguo Matadero Municipal, donde habilitaron una nave para las familias. En este lugar la única separación que tenían entre ellas era una sábana para separar los espacios.

En esos lugares estaban las familias hasta que les avisaban de que había viviendas disponibles y daban a escoger entre pisos y casas y entre distintas barriadas. “El tema era echar a toda la gente de Triana, a todos los trianeros, para meter a los señoritos”. De las familias que vivían en esa casa de vecinos, tres fueron a Juan XXIII y tres al Polígono de San Pablo. “De la calle Pagés del Corro, que yo sepa, casas de vecinos no queda nada. Sí queda una al lado del Colegio Reina Victoria. Esa casa la restauraron y los vecinos siguieron viviendo. A todos los vecinos de las casas de vecinos y los corrales los echaron. Casi todos los trianeros están en el Polígono de San Pablo. Trianeros en Triana quedan muy pocos”.

 

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